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jueves, 15 de agosto de 2013

El pudor del silencio.

ANDRÉS L. MATEO

Escritor--Acento.com.do

En la historia política del Continente Americano no ha habido un régimen más teatral  y  escenográfico que el gobierno de Trujillo. Los teóricos llaman al escenario en el que se desenvuelve la acción dramática “territorio de la extracotidianidad”, porque el personaje pacta con el espectador una manera especial de comportamiento  que va más allá de lo cotidiano. El trujillismo era el reino de la “extracotidianidad”,  y es por eso que Trujillo podía confundirse en la perplejidad del don divino frente a las cosas meramente terrenales.
Es viernes y leo el diario Hoy.  Una bocina de Leonel Fernández  me nombra.  Contraigo mi rostro y pienso  que en un país como el nuestro, donde la palabra está tan desprestigiada conviene a veces  refugiarse en el pudor del silencio.  Los griegos estudiaron la relación entre la apropiación del mundo y la palabra, y encontraron siempre que se trataba de un acto creativo. Vivieron la angustia, en el pensamiento filosófico que da pie a la cultura occidental, de plantearse en términos dramáticos la naturaleza de la vinculación entre “la palabra y la cosa”. La palabra no era la cosa, pero esa relación hacía el sentido. En sus cabriolas sobre la realidad que designaba, por el poder de su relación con el pensamiento, el instrumental del lenguaje nos permitía gozar, transformar, crear.
No es así entre los dominicanos.   Refugiado en el pudor del silencio descubro que un elemento sustancial de nuestra crisis es la prostitución de la palabra.  Estas bocinas son “cueros” de la palabra, prostitutas que defienden  cualquier cosa por dinero, sin atenerse  a ningún tipo de pertinencia moral o  racional.  Gorgias, aquel personaje pintoresco del grupo de los sofistas griegos a quien obsesionaba las posibilidades de asumir en la palabra cualquier causa, sin importar que fuera verdad o mentira, es un niño de teta al lado de estos turpenes pico de oro que cobran en la facundia de un verbo florido,  toda la degradación  espiritual del país.  Quizás es necesario fundar una ética de la palabra, que sea el inicio de una vuelta a espacios humanos donde la lengua recupere su dimensión de compromiso, de juego, de sueño, de una búsqueda que rescate las palabras esenciales de la repetición, del abandono, de la utilización o el engaño.
El pudor del silencio es así un viaje de vuelta a los significados. ¿Alguna vez serán inteligencia y sentimientos los que les dicten el contenido de las palabras, y no las “tácticas y las estrategias” de los políticos y sus bocinas en los medios de comunicación? Si hay un daño palpable en la sociedad dominicana, es el que la práctica política ha impuesto con la prostitución de la palabra. La “extracotidianidad” trujillista es hoy el escenario de la mentira, porque ya la palabra no significa sino la estrecha imaginería del hablante, el empedrado ruedo de las estrategias políticas inmediatistas. Y  si no, que hable Leonel Fernández, el mayor culpable de esa degradación.  Que explique porqué ahora  él y su grupo económico se están atrincherando en la adquisición de plantas televisoras, de emisoras, de periódicos;  que nos digan por qué todo el que critica la corrupción de sus gobiernos,  la acumulación originaria de capitales provenientes del despojo de la riqueza social, el imperio de la impunidad; sus bocinas lo acusan de “envidioso” , de “resentido”.
¿No es, acaso, porque ellos saben que ya en este país la palabra es una ramera que enseña su trasero? ¿No tenemos en la televisión , en la prensa y en la radio, modelos exitosos de bocinas  que han llegado a ser supermillonarios? ¿Alguien que quiera borrar la realidad  con el ruido del lenguaje, cuya opción de goce sea el poder; no encanallece la vida espiritual de la sociedad?
Es viernes y leo el diario Hoy. Una bocina de Leonel me nombra. Contraigo mi rostro  y  vuelvo a pensar  que en un país como el nuestro, donde la palabra está tan desprestigiada, conviene  a veces refugiarse en el pudor del silencio.   ¡Oh, Dios!

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